Por Pablo Avelluto
Desde siempre me gustaron las críticas de cine. Suelen ser breves y simples. Se publican todas los jueves, acompañando la renovación de la cartelera cinematográfica. Los críticos comentan todas las películas, las buenas y las malas. Las gloriosas y las horripilantes. Y, desde hace años, los medios tienen la sana costumbre de colocar bajo el título del comentario una síntesis digna de boletín escolar de calificaciones: Muy buena, Regular, 8 puntos, 4 estrellitas, No vaya, como decía la revista Gente.
Las reseñas de libros, en cambio, son otra cosa. Pero, ¿son otra cosa? Los comentarios bibliográficos suelen ser, a diferencia de sus vecinos de suplemento, mucho más ambiguos, vienen con un "no-se-qué" de austeridad en el uso de adjetivos contundentes. Acaso alguien recuerda haber leído algo así como "este libro es muy malo y decepciona al lector desde la primera página. Olvídelo", "Fulanito escribe bien, pero en la página 142 su libro no se sostiene y uno se ve obligado a apagar el velador" o "un policial imperdible de ritmo electrizante con excelentes personajes".
Ya sé, me dirán que la crítica literaria tiene una importante tradición académica y que "la" crítica (ese artículo es tan pomposo) no tiene por función decir si un libro es bueno o es malo y que se ha convertido en un género en sí mismo desde Roland Barthes a esta parte. Es cierto, pero para qué publican críticas de libros los diarios si no es para cumplir con un servicio de orientación a sus lectoras y lectores, señalándoles cuáles libros merecen la pena ser leídos y por qué.
Cuando un crítico de cine elogia o destroza un filme, arriesga y se expone. En muchísimas ocasiones no he coincidido con mis críticos favoritos y me han gustado películas que han deplorado. O a la inversa, elogios desmesurados leídos la semana anterior me indignaron a la salida del cine. Pero con los libros suele haber prudencia, pudor, argumentaciones alambicadas, más dignas de un seminario de la calle Puán que de un medio masivo.
Como lector de libros, echo de menos las críticas de los libros llamados "comerciales". Los blockbusters de la industria cinematográfica son comentados, elogiados o no, sin excepción. Todos nos enteramos que la última de Matt Damon, tan Hollywood, es muy buena, tanto como la última de David Lynch, tan de vanguardia. Pero a la hora de criticar libros, poco pudo leerse sobre las últimas novelas de Frederic Forsyth, Amy Tan, Robin Cook, Wilbur Smith, Carlos Ruiz Zafón, Michael Crichton o Stephen King.
Pareciera que hay libros que no son dignos de ser criticados pero, según indican los libreros, sí son dignos de ser leídos por mucha gente. Sin embargo, suplementos literarios de prestigio, como el dominical de The New York Times no dudó en dedicar su portada a un extenso comentario de Cristopher Hitchens sobre el último tomo de la saga de Harry Potter, que vendió ocho millones de copias en un fin de semana. O el aun más prestigioso The New York Review of Books dedicó hace unos meses cuatro páginas al último libro de John Le Carré y a decirle a sus lectores si su novela más reciente estaba o no a la altura de las que lo hicieron famoso.
Los críticos de cine parecen saber desde siempre (recomiendo leer las célebres reseñas que Borges publicaba en Sur en los ’40 y que recopiló hace años Edgardo Cozarinsky) que el destino de su comentario es un servicio al lector. En el caso de los libros, se trata de mujeres y hombres comunes que están del otro lado, fascinados por pasarse las noches leyendo y que esperan información, argumentos y, sobre todos, juicios: condenas o medallas. Una manera sencilla de ayudarnos a decidir qué hacer en la jungla de la librería. Una respuesta a la pregunta clave: qué hago, ¿me compro o no ese libro?
(*) El autor es director editorial de Sudamericana
22.09.07
06:34